Peter Halley. La pintura nos representa.

[Versión original en catalán]

¿Es posible que la pintura nos represente a nosotros, especímenes del siglo XXI? La respuesta para Peter Halley es radicalmente en afirmativo. Aquí sólo vale una ley: que el arte remueva nuestro espíritu: relativista, hedonista, urbanita, cibernético, agrestemente solitario. Cuando Halley debutó en Nueva York, a principios de los ochenta, se percató de que el movimiento conceptual no denunciaba la pintura por si misma, sino los valores caducos que la disciplina proyectaba: el neoexpresionismo reproducía viejos trucos románticos, y el minimalismo, la vacía voluptuosidad del ornamento. Y en este contexto Halley contraatacó: ante la ausencia del todo, propuso hacer frente a las partes; frente al discurso mesiánico, optó por la ironía, el juego con lo cotidiano y palpable; ante la forma, propuso la existencia. No busquemos en el arte la pureza y la sinceridad, añadía, ficcionemos con los colores, las formas, las pieles y las tensiones de nuestro tiempo.

Ahora bien: dotemos de contenido a la geometría. La geometría nos representa. El siglo veinte – con Malevich, Rothko, Mondrian, Newman-,  había otorgado un carácter trascendente a lo geométrico, cuando en realidad, simboliza todo aquello de lo que nos avergonzamos como civilización: el control, el límite, la expansión, la desmesura. Reconduzcamos pues la situación: la geometría puede ser un punto de reflexión sobre nuestra condición existencial. Halley pasó treinta años reflexionando sobre los volúmenes que definen nuestras vidas. La pintura lo permite hacer desde la mínima expresión. En esencia, nuestras vidas están vehiculadas por cédulas –cells– y conductos – tubes. Habitamos en espacios cerrados – en prisiones según el artista: los volúmenes estructurales de nuestro tiempo, así como antes lo eran la plaza o el templo. Los conductos –tubos, hilos, vías, carreteras- alimentan nuestra soledad. Halley considera que el arte geométrico ya está completamente encarnado en la piel de nuestra cotidianidad. Hoy la pintura tan solo puede aspirar a describir el despliegue de la geometría en nuestras vidas. Y no sólo con el volumen, sino también con el color y la materia: Halley utiliza colores artificiales Day-Glo, de origen psicodélico, y materiales en relieve Roll-a-tex. Y todo ello conjuntado con infinitas variaciones sobre el mismo modelo pictórico, desde 1984.

Su obra es sin duda una sublimación de un trauma vivencial. Halley creció en una cuadrícula abstracta y serializada de Manhattan. Se crió en un edificio de catorce plantas, abierto sobre un patio rectangular, rodeado de construcción y de cemento. Por loa ventana de su habitáculo sólo divisaba ventanas. Se sentía alienado y mecánico. Pero esta ciudad angulosa es la misma que lo catapultó a la fama. Era el East Village ilustrado de los años 1984, 1985, 1986, que vio crecer galerías, artistas, músicos e intelectuales. Halley pertenece a esa generación neogeo, la primera que expresar la estética cibernética en el arte. Ahora pienso que los anglosajones –también Baldessari o Hamilton- han sabido encontrar el justo equilibrio entre forma y concepto, entre objeto y reflexión, para representar nuestra era. También creo que Halley exageró un poco con su cruzada contra el arte trascendente. Al fin y al cabo, él supo concretar símbolos con los que nos identificamos; y con este gesto ya ha transcendido sus propios límites de artista prisionero de su tiempo, de una ciudad y de un país bien determinados. Y con todo, en este 2012, Halley, tozudo e incisivo, intenta dar respuesta a las mismas preguntas mortales de siempre: ¿Por qué me tranquiliza la geometría? ¿Por qué estoy tan a gusto solo en una habitación?

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