Felipe Talo. Je suis l’autre (Esp)

[Texto exposición Arranz-Talo. Los Extremeños. Fundación Arranz-Bravo. L’hospitalet (Barcelona), dic-feb 2016]

Los Extremeños es una exposición que recoge un camino de ida y vuelta. Durante los últimos diez meses, Arranz-Bravo ha ido recibiendo un conjunto de cajas con objetos en su interior. Son las llamadas cajas psíquicas de Felipe Talo (Barcelona, 1979), que incorporan objetos de densa carga anímica recogidos por las calles de Berlín e intervenidos por el artista. Los mismos objetos han sido posteriormente transformados por Arranz-Bravo en su estudio de Vallvidrera. Se trata, como afirma Felipe Talo, de una operación de canibalismo espiritual, donde se procede, emulando a antiguos rituales animistas, a una transferencia psíquica donde el yo se reivindica como otro. Esta concepto de la alteridad del yo se materializa en un conjunto artístico híbrido donde los límites del yo se difuminan, creando un espejismo de identidad. ¿Dónde está el verdadero Arranz-Bravo? ¿Dónde está el verdadero Talo? En Los Extremeños, la verdad se vuelve mentira y la mentira verdad.

Formado en la Universidad de Barcelona, ​​con estudios de bellas artes y filosofía, Felipe Talo ha residido y expuesto en México, Madrid (Galeria Alegria), Shanghái y Berlín (Bananaprojects) desde el 2003. Su vocación artística se forja en el bipolarizado contexto artístico en la Barcelona postolímpica. Por un lado, la deriva neoconceptual de los noventa, en los tiempos del MACBA de Borja-Villel, del Santa Mònica de Fernando Baremblit, del triunfo de Ignasi Aballí, de la archivística en la Fundación Tàpies y del nuevo realismo de Martí Peran. Por otro, el naufragio formalista después del frenesí pictórico de los ochenta, la pintura después de la pintura, las últimas embestidas de Tàpies y Guinovart y el relevo generacional de los pintores de los sesenta. Ninguno de los dos extremos satisface los intereses artísticos de Felipe Talo. El arte debe ser experiencia, organicismo, pulsión, pero también debe ser capaz de desprenderse de la dependencia y mistificación del yo. Rehumanizar la pintura, recuperar la centralidad perdida dentro de la civilización pero desde la expresión anónima y despreocupada, espontánea y vibrante.

Parte del pensamiento artístico de Felipe Talo se articula en su segundo año de estudios en la Facultad de Filosofía, inmerso en el ideario de Wittgenstein y el Tractatus logico-philosophicus. Para Talo, con Wittgenstein la filosofía occidental llega a un punto de no retorno: la cultura, el pensamiento, sólo sirven para reflexionar fenomenológicamente sobre el mundo a través del lenguaje, de las preposiciones y los conceptos. Fuera de los límites del mundo, en el pensamiento de Wittgenstein se encuentra todo lo inverbalizable: la espiritualidad, la ética, el arte, y también la experiencia vital, que la ciudad amurallada de Wittgenstein relega a la marginalidad. Los descartes de Wittgenstein son precisamente el punto de partida del proyecto artístico de Felipe Talo.

Producto de este doble desencanto –el artístico y el filosófico- Talo inicia un largo impasse de travesía por el mundo. Viaja a México, reside en Berlín, Shanghái y Madrid. Al final del itinerario encuentra una solución artística y existencial que le satisface. Es el proyecto que desde 2009 llama Metempsicosis: el arte como médium vehicular de experiencia vital, artística y cognitiva. La apuesta implica la canibalización del alma de otros creadores o de personalidades divergentes -anacoretas, poetas o artistas amateurs o consagrados-, con el fin de reproducir un estado de tránsito psíquico vital, híbrido y coral. No se trata en ningún caso de copiar, sino de poseer y continuar, orgánicamente, el camino iniciado por los demás. El artista posee el alma del otro, travistiéndose, reproduciendo episodios biográficos, mimando gestos y formas. La pintura se reivindica, así, como un médium, un vibrante grabador de experiencia.
Es una pintura autre, postidentitaria. Es un arte, a todas luces, deconstructivo, alineado con muchas propuestas artísticas de nuestro contexto inmediato, que buscan un espacio de incidencia creativa que dé un nuevo impulso iconoclasta a los paradigmas de forma, autoría y símbolo. Lo percibimos en el arte de David Bestué cuando reivindica un retorno a la escultura pero pasando por un proceso de canibalización de formas anónimas de la ingeniería contemporánea, de la luz industrial o de la cerámica manufacturada del siglo XX. Lo encontramos en el arte de Pep Vidal, cuando decide poseer el alma de Georges Perec y su “Je me souviens”, encerrado en el búnker (Espacio de dolor, 1983) de Joseph Beuys en el CaixaForum. Lo advertimos en Pere Llobera y Rasmus Nilausen, en su reciente exposición dedicada a las imágenes aquiropoéticas (imágenes divinas creadas sin intervención humana, como la Vera icon).

Todos abrazan la forma y al mismo tiempo la rechazan. Todos repelen el yo pero se fusionan. Todos están ávidos de conocimiento, pero a través de la experiencia. Como en el Angelus Novus de Klee, todos tienen un ojo en el pasado, pero sin desviar nunca la mirada de la realidad circundante. Y saben que el suceso de cualquier deriva artística debe ser erigida en imagen y semejanza al gran arte de siempre, acercándose a lo que Wittgenstein llamaba “una expresión conseguida”: conceptualmente profunda, vitalmente espontánea, plásticamente conflictiva y contundentemente palpitante.

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